Todo partió con la Pauli viendo un video en Instagram que hablaba de una cascada cerca de Puerto Varas. No le dimos más vuelta y nos olvidamos del asunto. Más cerca del verano y a punto de salir de vacaciones, empezamos a planear lo que queríamos hacer. El año pasado habíamos acampado en Altos de Lircay, y en esta ocasión queríamos hacer algo similar. Nos acordamos del video y empezamos a cotizar pasaje, alojamiento, equipo, etc. De un día para otro estábamos listos.

Día 1: La Partida

Despertamos a eso de las 6 am para tomar el avión a las 7:15, pero partimos mal. La reserva del Uber se nos pasó por unos segundos y tuvimos que pagar un taxi (19.000 CLP) que nos llevara al aeropuerto, aparte de la multa por no llegar a la hora (3.400 CLP). Pico. Filo. Vamos no más.

En el aeropuerto nos esperaba el siguiente desafío: pasar con la mochila de acampar (carpa, saco, cocina, etc.) y que no nos cobraran de más. Pasamos. Ahora por fin sentía que podía respirar. Nuestra salida dependía de acampar, y si nos ponían trabas por la carpa, todo se iba a la mierda.

Llegando a Puerto Montt tuvimos que ir a comprar esas cosas que no pudimos llevar en el avión, como los bastones para parar la carpa, gas, y ropa para que la Pauli pudiese reemplazar la chaqueta que olvidó en Santiago. Acá es donde empiezo a hacer esas notas mentales en donde me doy cuenta de que viajar en avión no es muy compatible con acampar, a menos que las cosas se lleven en bodega. Aun así hay que comprar cosas.

Una vez listos, nos fuimos a Puerto Varas. Hasta ahora solo habíamos tomado microbuses y liebres, así que nos estábamos ahorrando un par de lucas al evitar el uso de Uber. Conocimos a nuestro anfitrión Andrés, un santiaguino que había llegado con el boom de gente que llegó al sur postpandemia. Nos contaba del vibrante rechazo a la gente que no era local para hacer negocios o simplemente compartir. Si bien no sonaba muy bien, en el fondo lo entendíamos. La gentrificación termina por afectar a la gente local más de lo que uno piensa. En fin, dejamos las mochilas y fuimos a abastecernos de comida para llevar a la Cascada Yefe.

En la tade y en la noche, fuimos a comer y recorrer la costanera. Pasamos al Cassis, un local al parecer famoso cerca de la costa. Ni un brillo. No era malo, pero ni un brillo. Es en este momento en donde nos empezamos a dar cuenta que si bien Puerto Varas es una ciudad pequeña, es una réplica de Las Condes o de Vitacura.

Día 2: Camino a Petrohué

Se nos venía el primer día pesado del viaje. Desde Puerto Varas, teníamos que llegar a Petrohué (1 hora), tomar una barcaza (2 horas), cambiar a una lancha pequeña y esperar que bajaran las mochilas y la gente al puerto Yefe (20 minutos), y hacer el sendero al camping Yefe en una subida bastante pronunciada (30 minutos).

Eso sí, antes de la primera barcaza, nos mandamos un ceviche de cochayuyo. Cuando dijimos que eramos veganos, nos ofrecieron ese menú y estaba perfecto. El precio (10.000 CLP) y la vista le ganaban a todos los panoramas en Puerto Varas. Hago una nota mental para volver a tomar cerveza de murta cuando encuentre.

El pique, en general, es largo y cansador, pero definitivamente vale la pena. Las vistas a cada momento eran abrumadoramente hermosas, y el recibimiento de la familia también generaba un espacio cálido.

Ya instalados en el camping, fuimos al atractivo principal: la cascada. A tan solo 2 minutos de los sitios de camping, se encuentran la cascada Yefe y los pozones con vistas increíbles al Lago Todos los Santos y el Volcán Osorno.

Al volver a la carpa encontramos el primer desperfecto. Uno de los colchones inflables que llevamos se había pinchado y no había forma de parcharlo o encontrar la fuga. Hasta hoy no he sido capaz de encontrar la fuga. ¿Lo barato cuesta caro? Supongo. Pero da lo mismo, se puede dormir igual. Ese día tomamos once con mermelada de rosa mosqueta que la señora Claudia prepara ahí mismo, una cerveza, y un buen café. Qué maravilla.

Día 3 y 4: Kayak, Lago

Primer día de actividades. Partimos el día temprano, recorriendo por ahí cerca, y tomando café viendo el volcán. En la tarde, bajamos al puerto a andar en Kayak. Estuvimos 3 horas dando vuelta por las cascadas, las playas de las cercanías, y dando vuelta por la playa del lugar. El vaivén de las olas con el volcán de fondo era casi una visión terapéutica. No podía creer lo maravilloso que era estar en ese momento haciendo esas cosas.

Cuando se nos acabó el tiempo, nos pusimos a nadar al lado de la lancha y el mismo sentimiento me tomó por completo. Al día siguiente repetimos la misma fórmula, pero ahora con chelas. Como habíamos pinchado el colchón, ahora quería ver si podía pillar la fuga en el lago con la mítica técnica de las burbujas, pero ni por si acaso. Las olas incluso casi me llevan y me tuve que devolver nadadando con el colchón inflado bajo el brazo. El día siguiente nos tocaba duro, por lo mismo lo queríamos tomar con calma.

Día 5: Trekking Cerro Bonichemo y Laguna Antukuyen

Como este día fue un poco más largo y mucho más intenso, lo describí con más detalle acá. En resumen, maravillosas vistas y un sendero desafiante. Pasamos el día entero caminando, por lo que el premio al llegar era mermelada de rosa mosqueta y cervezas bien heladas.

Al día siguiente teníamos que bajar e ir de vuelta a Petrohué y Puerto Varas. Era nuestra última noche y la nostalgia ya nos golpeaba como el viento nos había golpeado en la montaña. Era extraño despedirse de un lugar que nos había dando la bienvida y nos había acogido tan cálidamente. Nos fuimos a despedir de Carlos Yefe y Claudia Pérez, nuestros anfitriones, y nos propusimos volver apenas pudiesemos.

Día 6 y 7: Vuelta a Puerto Varas

Después de la ruta del día anterior nos preparamos para salir de vuelta. Bajo la lluvia, hicimos la caminata hasta el puerto en donde esperaríamos el catamarán que nos llevaría a Petrohué. Una de las mejores cosas del camping es lo alejado que está de todo. No es llegar y salir, sino que hay que coordinar con una embarcación que te lleve. En este caso nos fuimos con la Wall-E.

El viaje de vuelta fue completamente bajo la lluvia. Decidí ir afuera para ver el camino y sentir el agua. Me fui parado las 2 horas mirando el paisaje, tratando de dilucidar las formas de las montañas y volcanes ocultos tras la lluvia y la neblina. El frío y el viento estaban violentos, pero lo contemplativo y meditativo de la situación me tenían en trance.

Es imposible evitar pensar en lo vivido y lo potente de la experiencia. De alguna manera, y quizás desde una perspectiva metacognitiva, no dejaba de pensar en nuestros anfitriones, la familia Yefe, su esfuerzo, cariño, y dedicación al espacio que generaron.

Llegando a Petrohué nos mandamos unas burgers mientras esperábamos el bus a Puerto Varas y a nuestro próximo alojamiento. Ya en Puerto Varas los días empezaron a pasar más rápido. Es fácil comparar como el día pasa en la montaña versus como pasa en la ciudad, aunque sea una ciudad “pequeña” como Puerto Varas.

Día 8: Alerce Andino

Raquel, quién nos alojó en su casa, nos invitó a ir al Parque Alerce Andino con sus hijos. Justo el día anterior les habíamos hablado de Merlin y de como nos gustaba ver animales en nuestras salidas. Engancharon con el plan y el día siguiente íbamos en auto a la entrada Lenca del Alerce Andino.

La caminata era sencilla, sin dificultad, con terreno plano en su mayoría y un par de miradores a lo largo del trayecto.

Desde que llegamos, teníamos ganas de ver un carpintero, pero no se daban. Recorrer en estas fechas (enero-febrero) y en reservas o parques así de concurridos ahuyenta a muchas especies, y dificulta el avistamiento.

Cuando estabamos a 10 minutos de llegar de vuelta a la entrada, veo como un carpintero aterriza en un árbol y empieza a martillar (buscar comida). Creo que fue esa suerte de abandonar un lugar, o quizás fue que salimos tarde, o quizás fue solo una coincidencia. Si fuese una persona religiosa, lo atribuiría a un millón de cosas, pero creo que fue solo suerte.

Con el corazón lleno y la cámara con algunos registros, la salida del parque nos esperaba con una nueva sorpresa. Mientras comíamos algo para hacernos el ánimo de marchar de vuelta a casa, aparecieron dos zorros a jugar. Se daban vueltas como si de repente los hubiesen soltado más temprano de la pega y tenían un rato para disfrutar del sol, del buen tiempo, del tiempo.

El camino de vuelta fue muy rápido, considerando que seguía teniendo el parque en mi cabeza.

Día 9: Pablo Fierro

El último día completo que nos quedaba en Puerto Varas decidimos ir al museo Pablo Fierro. Creo que ha sido una de las sorpresas más gratas, ya que era un lugar fantástico. No solo su exterior parecía un sueño de fiebre, sino que por dentro era un laberinto que viajaba por diferentes etapas del país y la niñez de cada persona.

No creo ser lo suficientemente elocuente para explicar la extraña mezcla que sentí entre melancolía y alegría. Era como si estuviese visitando lugares de mi pasado, pero que en verdad nunca había visto en mi vida, y aún así me hacían pasar por momentos en mi cabeza. Si bien miraba todo desde mi perspectiva de adulto, también me volví a sentir como un niño perdido en el tiempo, pero feliz.

El día lo matamos paseando y recorriendo el centro de Puerto Varas.

Día 10: De vuelta a Santiago

Último día ya y arreglamos las cosas para irnos a Santiago. Armar la mochila sin comida fue mas fácil que nunca, sobretodo porque dejamos un par de cosas que ya no ocuparíamos a otros viajeros. Habíamos dormido en el living de nuestra anfitriona AirBnB, ya que nos dejó quedarnos para no gastar más plata. Luego de un buen desayuno emprendimos el viaje de vuelta entre liebres y buses. Lo único malo fue que al llegar al mesón nos hicieron botar mis estacas regalonas. Pero bueno, lo ganado en esta experiencia le gana a cualquier estaca que tuve que haber botado.

Ahora solo queda lidiar con la depresión postviaje y planificar la siguiente salida.

Liebre a Puerto Montt

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